
Recuerdo cómo la calidez del agua me reconfortó tras la fría lluvia del exterior.
Recuerdo cómo nos sumergimos y miramos el mundo desde una perspectiva diferente.
Recuerdo cómo miré el mundo desde abajo.
Allí yo no era más que una mera observadora que miraba, no sin asombro y respeto las gotas de lluvia cayendo sobre la superficie del agua.
Siempre desde abajo.
Los relámpagos hacían que, de vez en cuando, todo allí arriba se iluminase.
Yo, mientras, no pesaba, la gravedad no tenía ningún efecto sobre mí y la tormenta era el espectáculo al que asistía con los mejores acompañantes que uno podría desear.
Desde allí, sientiendo que volaba, era ajena al mundo exterior.
Porque allí, yo pertenecía a otro mundo, al mío.
Allí formaba parte del océano.

